Durante estos 17 años junto a mi hijo he aprendido que la vida rara vez sigue el camino que imaginamos. Hemos navegado por múltiples desafíos: su diagnóstico de autismo, los cambios propios de cada etapa del desarrollo, los cambios de colegio, varias mudanzas de ciudad y la necesidad constante de adaptarnos a nuevas realidades. Cada etapa ha traído preguntas diferentes, aprendizajes profundos y retos que, paso a paso, fuimos enfrentando como familia.
Con el tiempo llegué a pensar que habíamos desarrollado una gran capacidad para afrontar la incertidumbre. Después de tantas experiencias, creía que ya nada podría sacudirnos de una forma tan profunda.
Pero en 2025 llegó una noticia que cambió radicalmente nuestras vidas: me diagnosticaron cáncer de pulmón.
Recuerdo ese momento como si el tiempo se hubiera detenido. En cuestión de segundos, todas las prioridades cambiaron. Las consultas médicas, los exámenes, los tratamientos y la incertidumbre ocuparon el lugar de las rutinas que durante tantos años habíamos construido para darle estabilidad a nuestro hogar.
Mi primer pensamiento no fue sobre mí.
Fue sobre mi hijo.
Durante años había convivido con un miedo silencioso que muchas madres y padres de hijos con necesidades de apoyo conocemos bien, aunque pocas veces nos atrevemos a poner en palabras: ¿qué pasará con mi hijo cuando yo ya no esté?
Siempre imaginé que esa era una pregunta para un futuro lejano. Nunca pensé que tendría que enfrentarla tan pronto.
Entre el impacto del diagnóstico, el miedo a la enfermedad, las dudas sobre el tratamiento y las posibilidades de éxito, mi mente solo podía regresar a una misma preocupación: ¿qué sería de mi hijo si yo faltaba?
La vida, que hasta ese momento había girado alrededor de sus necesidades y de nuestra organización familiar, de repente se convirtió en un caos. Y, como era de esperarse, ese caos también llegó a nuestra casa.
Las rutinas cambiaron. Las consultas médicas comenzaron a ocupar espacios que antes estaban destinados a la vida cotidiana. Aparecieron nuevos horarios, nuevas personas apoyándonos y muchas emociones difíciles de nombrar. Para cualquier familia estos cambios representan un desafío; cuando en casa vive un adolescente autista, cada modificación de la rutina requiere un esfuerzo adicional para comprenderla, anticiparla y construir nuevamente una sensación de seguridad.
Como psicóloga conocía muchas respuestas. Como mamá tuve que aprenderlas de nuevo.
Sabía la importancia de anticipar los cambios, de validar las emociones, de ofrecer apoyos y de respetar los tiempos de adaptación. Sin embargo, cuando fui yo quien recibió el diagnóstico, descubrí que el conocimiento no elimina el miedo. Tuve que volver a aprender cómo sostener a mi hijo mientras yo también necesitaba ser sostenida.
Aprendí que pedir ayuda no era un signo de debilidad, sino una forma de seguir cuidando. Que la vulnerabilidad no nos hace menos fuertes. Y que, en ocasiones, el mayor acto de amor hacia nuestros hijos consiste en permitir que otras personas también nos cuiden.
Este blog nace, en parte, de esa experiencia.
No para contar únicamente la historia de un cáncer, sino para compartir lo que significa cuidar mientras una también necesita ser cuidada. Lo que implica reorganizar una familia cuando la vida cambia de un momento a otro. Lo que aprendí sobre la incertidumbre, la maternidad, el autismo y, sobre todo, sobre la capacidad que tenemos de reconstruirnos incluso cuando sentimos que todo se ha derrumbado.
Escribo estas palabras desde dos lugares que hoy ya no puedo separar.
Desde la psicóloga que tiene el privilegio de acompañar a niños, adolescentes y familias neurodivergentes, aprendiendo cada día de sus historias, sus fortalezas y sus desafíos.
Y desde la mamá que un día comprendió que el cuidado también implica dejarse cuidar, que el conocimiento no siempre alcanza para aliviar el miedo y que, incluso quienes acompañamos a otros, también necesitamos que alguien nos sostenga.
Espero que, si alguna vez has sentido que la vida cambió de un momento a otro y no sabías por dónde empezar, encuentres en este espacio una voz que te haga sentir menos solo o menos sola.
En el próximo capítulo quiero contarles cómo vivimos uno de los momentos más difíciles: encontrar la manera de hablar con mi hijo sobre mi diagnóstico. Como psicóloga conocía muchas recomendaciones; como mamá, tuve que descubrir cuáles funcionaban para nosotros.

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